jueves, 5 de diciembre de 2013

Savaranos de Catafractaria. "Territorio enemigo".



Cabeza de puente Beta Prima. Acorazado. 

Silencio. Roto solo por el crepitar de la carne de ardiendo y los gemidos de los aliens moribundos. Los soldados se mantenían firmes en su posición, con las respiraciones rápidas y entrecortadas fruto de la descarga de adrenalina. Tras un instante de pausa, esperaron órdenes, otros pasaron a recargar con premura sus armas.

Khur pudo escuchar como Enoch rompía el silencio con una pequeña maldición, la inevitable batalla que acababan de protagonizar había llenado la sala de cadáveres humeantes. Esperaba algo más del viosioingeniero, pero pronto se dio cuenta de porque este no había salido corriendo a rescatar sus preciadas reliquias. Quitando algunas que se habían llevado la peor parte de los disparos, todas las estanterías estaban de pie, llenas de marcas de disparos, pero apenas se notaban, el material del que estaban hechas era increíblemente duro, más que el acero. Puede que del mismo que las placas exteriores de la nave. La mayoría de las armas estaban intactas, un golpe de suerte.

El primer contacto había sido positivo, el ataque xeno fue repelido con contundencia. Habían llegado de forma fulminante hasta su posición, eso no era bueno, si habían contraatacado tan rápido era porque estaban alerta. La entrada de los guardias imperiales del sistema podía haberles puesto en marcha, había que darse prisa. Hizo un gesto a Halls, el comisario se acercó sorteando a los soldados. Se paró justo delante del coronel, pisando un trozo de lo que debía ser la cabeza de un genestealer, el crujido húmedo fue asqueroso.

-  Comisario. Debemos asegurar la sala y fortificar la entrada. Asegúrese de que se hace rápido, no creo que esas cosas se hayan dado por vencidas. Llame a la compañía del Capitán Gotar, que mantengan esta posición mientras nosotros vamos hacia el puente de mando. 

- Sí, señor. – Giró sobre sus talones y se acercó al primer vocooperador que encontró.- ¡Avanzad y dispersaos por la sala! Hundirles la bayoneta en la nuca a todos los aliens que hemos matado, no vaya a ser que os den una sorpresa. ¡Hulja! Manda a varios de tus pelotones que amontonen los cuerpos en una esquina, en cuanto los muchachos de Gotar entren nos pondremos en marcha. 

Justo después de acabar, Halls pudo ver cómo Enoch se acercaba al oficial de comunicaciones que acababan de retransmitir sus órdenes, apretó la mano en la que llevaba el puño de combate, la energía se erizó. El soldado se encaró al visioingeniero para sostenerle la mirada desde detrás de los cristales de su máscara de gas, si el irritado tecnosacerdote se dio cuenta no hizo muestras de ello. Un filamento de acero surgió desde debajo de la manga de uno de sus brazos, conectándose con la terminal principal de su equipo. Su mecánica voz sonó tranquila.

- Que nadie toque nada. ¿Me habéis entendido? Como pille a alguien con una de las piezas que hay en las estanterías se lo entrego a Warfet para que lo “mejore”…

Enoch pudo ver como el comisario abría su mano enguantada lentamente. Puede que no le hubiese gustado que amenazara a los hombres de esa manera, pero hasta Seleuco habría aprobado una intimidación de ese estilo, por muy disciplinados que estuvieran los hombres la codicia podía hacer mella en alguno, y alguna de esas valiosas piezas podía acabar en las manos equivocadas.  

La tropa se adentró en la sala, deteniéndose concienzudamente a asegurarse de que los xenos estaban muertos. El ruido de succión al sacar los cuchillos de los cráneos era acompañado de algún espasmo involuntario y del sonido del líquido cerebral desparramándose por el suelo. Media hora después los savaranos se concentraron en el centro de la sala, tan solo los pelotones encargados de amontonar los cuerpos de los enemigos caídos estaban fuera de la formación. Se habían puesto formando una larga cadena en la que grupos de soldados se pasaban constantemente partes de genestealer hasta que los últimos lanzaban los ensangrentados restos a la pila. 

La compañía del capitán Gotar comenzaba a entrar en la sala. Su llegada fue precedida de uno de sus famosos cánticos de guerra. Su capitán era un hombre bajo y corpulento, nativo de Catafractaria Tertia, una vida de capataz en una explotación maderera le había dado unos hombros fuertes que hacían que junto a su armadura tuviera un aspecto magnífico. Marchaba al frente de su compañía con el rifle laser al hombro con un paso igual de marcial que el del resto de sus soldados. Estos, al igual que su pesado capitán, tenían la fama de ser los más vanidosos de todo el regimiento, sin embargo era sabido por todos que su fanfarronería competía con su tozudez a la hora de combatir al enemigo. Khur solía destinar siempre que podía a los reclutas con más carácter junto a Gotar, ya que este se encargaría de redirigirlos por el buen camino. 

Prueba de esto fue su perfecta disposición a lo largo de los laterales de la sala, algunos realizaron profusos saludos a los soldados de Mitrídates, otros alabaron su suerte por haber derramado la primera sangre. Junto a ellos llegaron varios servidores que rápidamente soldaron unas barricadas artificiales en la entrada. Gotar pasó junto a las formaciones de Mitrídates parándose solo para dar ánimos a algún soldado que conocía en especial, rápidamente se encontró con Khur, Arsacis y Halls, que esperaban al frente de la compañía a punto de iniciar la marcha. El coronel le recibió. 

- ¿Órdenes?

- Capitán, mantenga esta posición mientras nosotros y la compañía de Mitrídates tomamos el puente de mando. 

- ¡Bien señor! Les daremos bien a esos asquerosos aliens si se asoman por aquí. 

- Correcto. Tenga preparados varios pelotones por si necesitamos refuerzos. 

- De acuerdo, ahora mismo se lo comunico a Sinu para que tenga a los muchachos preparados. – Mientras decía esto pudo ver cómo Enoch esperaba pacientemente para comunicarle algo, se giró hacia este juntado los talones exagerando el saludo marcial todo lo que pudo- No te preocupes Visioingeniero, ninguno de mis soldados hará nada con los aparatos que habéis encontrado.

Desde el sistema sonoro que había injertado en la garganta de Enoch llegó un gruñido de afirmación. Justo después, en el momento en el que Gotar se iba, llegaba Mitrídates. Al cruzarse ambos capitanes chocaron sus antebrazos en señal de saludo. Todos estaba en orden, su compañía estaba lista para avanzar. A una voz de Khur todos los pelotones se pusieron en posición, formando una columna en la que los distintos grupos de soldados se defendían unos a otros. Se internaron en la estructura. 

Corredores posteriores a la cabeza de puente Alfa Prima. Crucero. 

Volog avanzaba a grandes zancadas con el rifle laser pegado al pecho, llevaba la bayoneta calada, a su lado, con un cigarrillo encendido en uno de los laterales de su boca, Seleuco le seguía el paso sujetando con fuerza su pistola bólter, mientras con la otra mano sujetaba su espada personal. Era un arma de acero mate, con bellos grabados a lo largo de su ancha hoja y una punta redondeada, diseñada con un filo de precisión que no evitaba que de vez en cuando hiciera las veces de arma de parada.

Entre ambos iba el capitán Cinnamus que llevaba un auspex con el que dictaba apresuradamente el camino que tomarían. Sus órdenes eran transmitidas por los encargados de las comunicaciones de la compañía. El capitán caminaba casi a trompicones, mirando el auspex constantemente, ya que la información se actualizaba constantemente. Era lo bueno de trabajar junto al Mechanicus, la información que estaba utilizando en ese momento acababa de ser recogida y analizada por los escáneres de la Lanza de Hierro. Eso no evitaba que hubiera alguna interferencia, por lo que debían pararse un instante hasta que se recuperara la señal, lo cual era agradecido por la tropa, aunque no se podía evitar escuchar los bufidos de disgusto del Mayor y de Warfet.

El teniente primero Parham había recibido la orden de guardar la retaguardia. Mantenía el paso mientras vigilaba que nadie se retrasara o se saliera de la formación. De repente todos pararon el ritmo. Al parecer la señal se había cortado de nuevo, todos pararon aunque se mantuvieron en alerta. Se dirigió hacia la parte de atrás del pelotón, un par de guardias se había separado un par de metros y se había internado en un pasillo lateral, cuando llegó a su altura para preguntarles que pasaba observó como atisbaban hacia el final del largo corredor apuntando con sus rifles laser. No decían nada, se mantenían en silencio, cuando vio lo que les llamaba la atención no pudo evitar apuntar también con su arma.

Genestealer de Ymgarl.
A lo lejos, fuera de los auspex de corta distancia, grupos de genestealers avanzaban a toda velocidad por los pasillos, pero no hacia ellos, se mantenían a suficiente distancia como para no ser detectados. Avisó antes de efectuar un par de ráfagas a larga distancia que hicieron caer a un genestealer con la boca llena de flagelos, para su sorpresa los compañeros del alien ignoraron su pérdida, continuando corriendo sobre su despojos. No los atacaban, parecía que se movilizaban hacia otros puntos de la nave como si estuvieran defendiéndola para que nadie se la arrebatara. Su objetivo no eran las tropas imperiales, eran las del caos. Se retiró lentamente junto a los dos soldados, fue hacía el primer vocooperador que se encontró, el mayor y el comisario debían saber esto. 

Iban directos hacia las salas de motores para interceptar al archienemigo. Hacía más de dos horas que habían dejado atrás la cabeza de puente, atravesaban constantemente pasillos muy parecidos a los de cualquier nave del Adeptus Mechanicus actual, llenos de tomas de energía, pantallas y tubos, pero la decoración era menos oscura que de costumbre, seguía habiendo calaveras e inscripciones al Omnissiah por doquier, pero para cualquiera que fuese un poco más observador que los demás, había detalles que le llamaban la atención.

Cinnamus se permitía mirar estos pormenores en los pequeños descansos que hacían mientras el auspex redireccionaba su posición. Numerosos ingenios colgaban inertes de las pareces junto a pinturas y grabados que mostraban a las antiguas Legiones de Astartes o al todopoderoso Ejército Imperial ayudando a los tecnosacerdotes de Marte en sus descubrimientos a lo largo de la galaxia. Liberaban mundos, recogían tecnologías nuevas y creaban toda clase de maravillas científicas. Representaban los días felices del Imperio del Hombre, cuando todo eran avances con los que salvar vidas del yugo xeno o la barbarie; cuando el miedo a la tecnología era algo controlado, solo lo suficiente para evitar las desgracias de eras pretéritas. 

Seleuco miraba precavido hacia todos los lados, podía sentir el nerviosismo de Volog por entrar en combate, pero podía ver como el mayor redireccionaba sus ansias de lucha hacia acciones positivas, preguntando regularmente a los jefes de pelotón el estado de la columna. 

Salvo algún avistamiento esporádico de pequeñas partidas de genestealers que se acercaban más de cuenta, de momento no habían tenido ningún contacto serio con el enemigo, al parecer, los xenos que plagaban la nave habían tomado la misma decisión que ellos, se dirigían hacia las tropas del caos. Dudaba mucho que fuese para interceptarlas e impedir que pusieran en marcha los motores. La escoria tiránida los estaba ignorando, y eso le preocupaba mucho, si toda una compañía de guardias imperiales pesados no merecía de su atención, no quería imaginarse que habían traído las tropas del caos a aquella reliquia.

Corredores del Acorazado.

Enoch  acompañaba al coronel a la cabeza de la columna analizando constantemente los informes estructurales que le llegaban de la Lanza de Hierro. Iban bien encaminados hacia el puente de mando, tomando todos los atajos que podían, evitando las salas demasiado grandes. Esto no solo era para evitar aglomeraciones en las que pudieran ser fácilmente emboscados, era para evitar que esos bárbaros que le escoltaban causasen destrozos en la reliquia que estaban reconquistando. 

Los pasillos, eran amplios, del mismo blanco que el resto de la nave. Numerosos recubrimientos de lo que suponía que eran cables de energía cruzaban el techo y las pareces, estos hacían de embellecedores para que las tomas energéticas no desentonasen con la estructura. Pequeñas pantallas sin ningún tipo de teclado aparecían en suaves salientes de las pareces, algunas luces empotradas intentaban encenderse cuando pasaban junto a ellas, los restos de lo que parecían pequeños sirvientes robots descansaban inertes en el suelo. En toda su larga vida al servicio del Adeptus Mechanicus nunca había visto nada parecido, la civilización que había construido aquella nave estaba muy avanzada tecnológicamente, bastante más que el Imperio en los tiempos de la Cruzada. ¿Acaso pertenecía a alguna civilización que fue erradicada al toparse con una flota expedicionaria? 

No lo creía, el mantenimiento de la simbología natal junto a la imperial decía lo contrario, lo había visto en el exterior del acorazado y en las armas de la armería. Los soldados de aquellas gentes habían servido junto a los del Imperio. Antes de salir del la cabeza de puente había podido ver algunas armaduras abandonadas en unos de los armarios, eran de tamaño humano, del mismo color que la nave, formadas por placas segmentadas lisas que se ceñían al cuerpo del soldado como una segunda piel. El casco que cubría toda la cabeza, era liso y alargado hacia atrás acabado en punta, con una lente rectangular estrecha a la altura de los ojos. De nuevo pudo darse cuenta de que la simbología imperial se había colocado justo después de manufacturarse el conjunto.

Era todo tan intrigante. Puede que fuesen conquistados por la fuerza o rescatados de la dominación alienígena. Debía llegar al puente de mando cuanto antes, allí encontraría una terminal de la que obtener respuestas. Paró en seco al dar girar una esquina. Pudo oír como Mitrídates avisaba por radio a toda la compañía, asegurándose de que sus órdenes llegasen hasta la retaguardia, encomendada al teniente primero Hulja.

Acababan de llegar a una pequeña sala que hacía de cruce entre varios pasillos, en ella se había dado una pequeña batalla. Numerosos cuerpos de genestealers yacían desparramados por el suelo hechos pedazos, cortados con una precisión casi quirúrgica. Los cuerpos estaban secos, aunque algunos mantenían algunos restos de carne que se pudrían lentamente. Hacía bastante tiempo que habían muerto. Khur contó rápidamente las cabezas, eran  algo más de dos docenas, se amontonaban hacia el centro de la sala, como si hubieran atacado todos a la vez a un enemigo acorralado. 

Arsacis se acercó al foco en el que habían muerto los atacantes, el suelo estaba oscurecido, ligeramente quemado, como si hubiesen vertido algún tipo de acido potente sobre este. Atravesó con la bayoneta de su rifle un resto que había sobrevivido a la erosión del potente químico. Era una especie de garra, horriblemente retorcida, se la mostró a todos, Enoch mostró especial interés, pero antes de que pudiese acercarse, la parte por la que la bayoneta del mayor la atravesaba se desintegró, cayendo las garras contra el suelo, clavándose como si se tratara de mantequilla.

- Valla, pues si que estaban empeñados en acabar con estas cosas.

- Fuesen lo que fuesen estaban en guerra con los tiránidos, y al parecer tampoco eran de aquí, quizás se colaron después que los genestealers.

- Puede que fuese así, pero…

Arsacis no tuvo tiempo de acabar su frase, pudo ver por el rabillo del ojo como algo se acercaba a toda velocidad por uno de los pasillos laterales, se giró y abrió fuego automático desde la cadera, un enemigo cayó destripado al suelo, pero el que iba detrás de este esquivó los disparos con un largo salto hacia el centro de la sala. El genestealer fue a aterrizar sobre los soldados que estaban al lado del visioingeniero, destrozando con sus garras a un soldado que fue despedazado en el acto. Antes de que pudiera atacar a otro hombre la bestia fue acribillada por varios rifles laser y una ametralladora pesada.

Genestealer.

- ¡Atentos joder! –Bramó Khur- ¡Moveos! Debemos llegar al puente de mando.

Dejaron los restos del soldado en una esquina, apartándolos del camino de los demás y apretaron el paso. Comenzaron a llegar mensajes de toda la columna confirmando avistamientos esporádicos de genestealers que atacaban directamente surgiendo de los pasillos laterales por todo el camino que habían recorrido. Khur blasfemó en alto y conectó su comunicador personal para que todos pudieran oírle. 

- ¡Avanzad y disparar! No os pongáis nerviosos, cubríos por pelotones y secciones. ¡Hulja! ¿Cómo van las cosas por tu zona?

- ¡Bien señor! Esos cabrones han matado a un par de hombres del pelotón de Iharo, pero el resto ha logrado contener las acometidas. Dile a Mitrídades que pienso matar más cosas de estas que él. – El coronel no pudo evitar sonreír al oír el desafío del teniente al mayor.

Aligeraron la marcha, ya no les quedaba mucho por recorrer. Una vez llegaran al puente de mando se atrincherarían para poder matar a los xenos desde una posición ventajosa. Los nuevos pasajes que se encontraban estaban repletos de restos de cuerpos genestealers y de sus misteriosos enemigos. Aún quedaban tiránidos, por lo que de momento, estos eran su principal preocupación; no podía quitarse de la cabeza las imágenes de los genestealers cortados en rodajas.


domingo, 3 de noviembre de 2013

Sables Rotos: Capitulo III [Relato]

 

CAPITULO TERCERO

 


Falange Penitent, Coordenadas omitidas, fortaleza orbital Jerguen.

A pesar de que la Jerguen había permanecido operativa ininterrumpidamente desde su construcción, su colosal tamaño y la complejidad de su diseño habían ido degradando la estructura a lo largo de extensas zonas. El incesante trabajo de sus ingenieros no había logrado más que paliar el deterioro así que con el tiempo se habían visto obligados a concentrarse en las secciones funcionales, por lo que no había quedado más remedio que abandonar las áreas más afectadas. En la práctica algunos de los hangares de carga y puertos de embarque más antiguos eran hoy en día poco más que un cascarón vacío de plastiacero, encorvado por el óxido y las inclemencias del vacío espacial. Desprovistos del flujo de energía y el soporte vital que irrigaba el resto de la estación, se hallaban sumidos en la oscuridad más absoluta.
Entre todos aquellos recovecos de acero encorvado y arcos semiderruidos los diminutos y parpadeantes destellos de la baliza de navegación externa de la StormEagle eran prácticamente imperceptibles. Para cualquier observador lo suficientemente atento sin embargo aquello no era lo más sorprendente. Con un movimiento parabólico, casi hipnótico, unas diminutas siluetas parecían desplazarse a lo largo del exterior de la estructura de la estación espacial. Seguían la misma ruta que el grupo había recorrido anteriormente, pero esta vez no transportaban ninguna capsula de soporte vital con ellos, en lugar de dirigirse hacia la nave, volvían tras sus pasos en dirección a la zona operativa de la estación. Casi levitando, avanzaban cientos de metros en cada uno de sus saltos sin dificultad aparente, gracias a la ingravidez y a la propulsión de los retroreactores, sin más rastro a su paso que la característica estela azul que quedaba tras de sí con cada ignición de los postquemadores.
El sargento Perseo se limitaba a seguir el mapeado que la pantalla del áuspex dibujaba ante sus ojos en una de las retículas del visor de su casco. La secuencia de puntos y vectores que se interconectaban eran para el sargento como un sendero abriéndose ante sí, tras lustros sirviendo en la VII Centuria aquel sistema de navegación se había transformado en algo casi instintivo. Acababa de aterrizar sobre un mamparo blindado, con los ojos fijos en la oscuridad salpicada de parpadeantes luces que se extendía ante él, agazapado y con el brazo derecho erguido en un ángulo de noventa grados. Un segundo más tarde cuatro hermanos con sus armaduras de profundo azul mirmídeo se habían situado en rombo a su espalda, con la precisión de quien efectúa una maniobra táctica rutinaria.
Perdidos en aquel mar de infinitos destellos destacaban las estructuras poligonales y robustas de las armas automatizadas, tal como había predicho el ingeniero Johanes. Existía además un patrón secuencial en el barrido de los sensores del sistema de defensa, descifrar dicho patrón permitiría burlar el sistema mediante una incursión rápida y precisa. Sobre el visor de Perseo se dibujaban frenéticamente los algoritmos de trazado uniendo los vectores y dibujando la trayectoria para la aproximación.  Después de todo el ingeniero iba a resultar un aliado competente., el áuspex había finalizado su trabajo y con un parpadeo lumínico la trayectoria de salto apareció ante los ojos del sargento.
-Hora de divertirse.- Anunció Perseo por el canal de comunicación interno, y tras ello la escuadra Penitent se puso en marcha.
Como si de una coreografía de fuegos artificiales se tratara los cinco Mirmidones emprendieron el vuelo propulsados por la furia de sus retroreactores. Las torretas defensivas detectaron inmediatamente su presencia y el frio espacio se llenó con los destellos de sus cañones escupiendo los proyectiles incandescentes a velocidad de vértigo. Siguiendo el trazado que el áuspex dibujaba en sus visores, la Penitent avanzaba entrando y saliendo de los arcos de fuego de las torretas justo antes de que estas pudieran interceptarlos, aprovechando los salientes de la estructura de la estación, lo que les brindaba la pausa necesaria para emprender un nuevo salto. Unos minutos más tarde los cinco integrantes de la escuadra discurrían seguros y a paso ligero entre los cables y tubos de servicio engastados en un bisel de la estructura de la estación. En el horizonte se dibujaba la colosal estructura de la extraña y ancestral nave, atracada sobre un puerto de la estación que las desgastadas inscripciones identificaban como Delta-6.
 
Pecio no categorizado, Sección de carga Delta 6, Fortaleza orbital Jerguen.
 
Desconocía cuanto rato llevaban en el interior de aquella nave, desde el primer ataque había perdido la noción del tiempo y a partir de aquel momento su memoria no era capaz de establecer una escala temporal paralela a los acontecimientos. “La mente puede engañarte, el corazón puede engañarte, pero el estómago siempre te dirá la verdad”, no recordaba donde había leído aquello pero nunca lo había entendido realmente hasta aquel momento. A juzgar por el terrible hambre que lo azotaba debían haber transcurrido varias horas. Era una sensación realmente extraña, llevaba varios años de servicio en la FDP, y nunca jamás en todos sus años de experiencia recordaba haber sentido hambre durante el combate, aquello lo desconcertaba. Se había comido las escasas provisiones protocolarias que había cargado antes de salir pero el hambre voraz seguía ahí. Y para empeorarlo todo seguía sudando como un cerdo.
-¿Dónde demonios estamos Doctor?-. Heldian seguía con los ojos clavados en su consola, abriendo la marcha a escasos metros por delante.
-En alguna especie de conducto auxiliar…creo.- contestó tras unos segundos de pausa.- Según las plantillas de construcción debería guiarnos hasta uno de los anclajes…una vez allí trataremos de abordar la estación.- A pesar de los intentos por infundir ánimos en el cabo, la desesperación se filtraba entre sus palabras. Sin trajes de soporte vital no tendrían la más mínima posibilidad de abandonar aquella nave infernal, sin embargo ante lo desesperado de la situación aquella parecía la única opción. Regresar tras sus pasos era un suicidio, el único punto de contacto entre la estación y la nave eran los anclajes, además del puerto de atraque por el que habían accedido.
A medida que habían ido recorriendo las estancias de la nave no habían podido evitar fijarse en lo familiar que les resultaba aquella nave. A pesar de que su ancestral pasado era innegable, no era tan distinta en su concepción a las naves que la armada utilizaba para el trasporte de tropas a gran escala. Sin duda se trataba de una nave militar, de transporte a juzgar por los innumerables comedores y barracones que habían dejado a su paso. Sin embargo estaba desprovista de cualquier signo de actividad, sin más movimiento que el del polvo en suspensión flotando en los pasillos. Aunque inquietante, aquella calma reconfortaba al Dr.Heldian, hacía horas que no habían vuelto a ver a ninguna de aquellas criaturas y en gran medida su mente había recuperado la compostura.
El chirrido de la compuerta abriéndose sacó al doctor de sus ensoñaciones –Por fin.- añadió, justo antes de atravesar el marco que daba paso a una estancia repleta de estanterías mugrientas que se extendían a lo largo de la sala, sobre las estanterías recubiertos por el polvo y la mugre reposaban infinidad de rifles láser. Aquella era la confirmación del pasado imperial de la nave que había estado buscando, así que no tardó en tomar una pictografía con su servocónsola, si lograba salir con vida de allí aquella información le reportaría una buena suma de dinero.
El doctor estaba desempolvando uno de los rifles cuando se percató de que Karl aún no había entrado en la armería.- venga cabo, esto le va a gustar.- instintivamente había retrocedido unos pasos para mirar a través de la puerta y no estaba preparado para contemplar lo que vió.
A unos metros de la puerta el cabo Karl permanecía de rodillas, en un primer momento le pareció que se había golpeado el rostro, del que brotaba una considerable cantidad de sangre, sin embargo cuando Karl alzó la mirada Heldian pudo ver claramente como la sangre procedía de la mano. Con los ojos desencajados e inyectados en sangre, el cabo estaba masticando con saña su propia mano al tiempo de desgarraba como un poseso los tendones de los dedos con salvajes tirones y un siseo inhumano. Como un bombardeo los pensamientos asaltaron al doctor Heldian, que pudo notar como se le aceleraba el pulso a medida que iba atando los cabos sueltos. No habían sido emboscados por aquellas criaturas, ellos mismos eran las criaturas.
 
En una fracción de segundo, el enloquecido Karl emprendió de un salto la carrera con los borbotones de la sangre que le brotaba la mano salpicando por doquier, la velocidad fue tal que el doctor apenas si tuvo el tiempo de pulsar el botón de la compuerta de la armería. El lento movimiento del mamparo blindado no fue suficiente y el cabo logró abalanzarse sobre él cuando trataba fútilmente de preparar el arma, que se le escurrió de las manos con el impacto de su espalda contra el suelo. Lo siguiente que pudo sentir fueron las salvajes dentelladas de Karl y el calor de la sangre resbalando por su cuello.
Pecio no categorizado, sección de carga Delta-6
 Los abordajes en el espacio son operaciones complicadas, prácticamente imposibles de realizar sin capsulas de abordaje o algún otro sistema que evite el efecto de la despresurización. La mayoría del equipo disponible requiere de una operativa a gran escala, así que  a lo largo de sus innumerables campañas de abordaje a lo largo del Terminus los Mirmidones habían desarrollado un método más acorde a sus necesidades, al que denominaban “embotellamiento”.
El acceso a las cámaras de presurización no había sido complicado, sin embargo era necesario volver a soldar las compuertas exteriores antes de poder acceder a la estación. De otro modo la descompresión producida por el vacío exterior los expulsaría hacia el frio espacio más allá de cualquier posibilidad de recuperación. El proceso los había demorado un par de horas pero finalmente el "embotellador" había acabado su trabajo. Se trataba de un pequeño dispositivo circular con un soldador de fusión en un extremo, que permitía perforar la estructura al tiempo que una serie de filtros energéticos controlaban la fluctuación de presión entre las dos cámaras que conectaba. Con un leve pitido el dispositivo indicó que el diferencial de presión era óptimo, así que el sargento Perseo procedió a colocar las cargas implosivas. Con un sonido sordo y una ligera vibración las gruesas compuertas cedieron derrumbándose con gran estrépito sobre el metálico suelo de la nave, levantando a su vez una enorme polvareda.
Sin demorarse ni un segundo los cinco integrantes de la Penitent saltaron al interior de la nave, que recuperaba lentamente la calma mientras el polvo se posaba levitando pausadamente.
-Parece que no hay nadie en casa.- Un leve destello en los ojos del hermano Regio delataba el ajuste de los filtros oculares de su casco, mientras entre sus brazos sostenía refulgiendo un rifle de plasma.
-En marcha, hay que encontrar a esos desgraciados antes de lo algo pero lo haga.- Sentenció Perseo.