Sistema Sagkeion Lamba. Grupo de Asalto.
Nave orka.
Ya
podía ver la luz que atravesaba la maltrecha entrada del ascensor, las manos le
dolían debajo de los guantes debido al esfuerzo que tenía que hacer para
escalar por el fino cable. Lo ignoró, ahora mismo esa era la menor de las
preocupaciones que se agolpaban en su cabeza. Encima tenía una jaqueca horrible.
Aún recordaba la muerte de Barza. El coronel no lo habría aprobado. Un flash
anaranjado hizo que Zoroaster se encogiera instintivamente. Un arma de fusión. Sirus
estaba utilizando armamento pesado para repeler a los pielesverdes.
Llegó
al borde y se asomó con su pistola por delante. Mientras hacía fuerza con sus
antebrazos para subir del todo pudo ver la situación de la sala. Bajo una
mortecina luz rojiza, los orkos entraban en tropel por las diferentes entradas
de la sala aullando mientras disparaban a todo lo que se les
ponía por delante y agitaban sus toscas hachas de hierro en un vano intento de
alcanzar a sus savaranos. Las bestias avanzaban hacia las oprimidas líneas de
la guardia imperial sin frenarse, recibiendo daños que reducirían a un montón
de carne sanguinolenta a un humano en instantes. Sus cuerpos se amontonaban
tiñendo de negro el sucio suelo de la sala.
Los soldados
humanos tampoco estaban saliendo bien parados, guarnecidos tras barriles o
cajas de metal, sus filas se apretaban cada vez más debido al uso de
lanzallamas y de granadas de palo por parte de los brutales xenos. Los heridos
eran movidos hacia las líneas del fondo. Los muertos
eran puestos a un lado si había tiempo de hacerlo. Muchos buenos hombres yacían
inmóviles.
Un
ataque capitaneado por tres bípodes armados con sierras circulares hizo que la línea retrocediera un poco más, antes de que el capitán pudiera hacer algo al
respecto, observó cómo sus hombres hacían buen uso del entrenamiento al que les
sometía. Los soldados de vanguardia derribaron a los dos primeros monstruos
mecánicos con armamento de plasma, rápidamente los de retaguardia avanzaron
hacia los pielesverdes que iban detrás para masacrarlos con sus rifles láser
disparando desde la cadera. El último bípode se lanzó contra estos, sin
embargo, un cañón automático distrajo lo suficiente al piloto enemigo como para
que el soldado Saryu abriera el casco por un lateral con explosivo plástico, y Nikkta lo abatiera vaciando el tambor de su potente revolver
primitivo en la cabina.
Con
un monumental estruendo la máquina de combate se estrelló contra el suelo. Los
savaranos se reordenaron rápidamente. Sus movimientos parecían cansados, la
presión a la que estaban siendo sometidos amenazaba con superarlos en cualquier
momento. Muchos miraron estupefactos hacia la entrada del ascensor cuando la voz de Zoroaster sonó en
sus comunicadores. Ahí estaba, tan lacónico como siempre junto al comisario y
el visioingeniero jefe.
- Soldados
de la Segunda. Hemos saboteado la nave. Syrus, gran trabajo, recoger a los
heridos. Nosotros iremos al frente. ¡Vamos!
Una
pequeña ola de alivio recorrió las filas de los soldados. Todos se prepararon
para avanzar. Dando un paso hacia delante, abandonando las improvisadas
protecciones tras las que se guarnecían, desplegaron una cortina de fuego de
cobertura que hizo retroceder el avance orko durante unos instantes. Sin dilación alguna, con el Zoroaster y Critio
delante, formaron una columna que atravesó la arcada por la que habían entrado
en aquella maldita sala. Los xenos, confundidos por la reacción de aquellos insólitos
humanos, caían como el trigo al ser segado por una guadaña.
El
comisario reventaba cabezas alienígenas con certeros disparos de su pistola
bólter, varias partes de su armadura se habían desprendido debido a los
potentes impactos recibidos por las armas orkas, la parte superior de su gorra
de plato había sido abrasada por un disparo esquivado gracias a la misericordia
del Emperador, por el agujero asomaba su
rubia cabellera. A su alrededor los hombres no vacilaban, corrían buscando
constantemente cobertura, aprovechando cualquier recodo de los pasillos de la
nave orkoide para superar a sus enemigos en los constantes tiroteos con los que
se abrían paso entre la marea de orkos que los atacaban desde todas las
direcciones.
La
solitaria actitud del oficial político se complementaba perfectamente con la de
Zoroaster, el capitán blandía su espada sierra codo con codo con sus hombres,
lazándose hacia los encarnizados asaltos
con los que aplastaban las bolsas de resistencia orka que se
encontraban. Cortaba brazos e interceptaba golpes para evitar que los aliens
mataran a más de sus hombres, estos , agradecidos por el valor de sus
silencioso líder, destripaban a sus enemigos a golpe de bayoneta, abriendo
enormes agujeros en sus cuerpos al disparar a quemarropa para desencajar sus
armas cuando estas se atascaban en las voluminosas musculaturas orkas.
Corredor
tras corredor, pasillo tras pasillo, los savaranos ganaban terreno en una
carrera desesperada por salir de aquella nave. Los bandazos que daba cuando sus
motores quemaban el exceso de combustible hacían tambalearse a toda la
estructura. La retaguardia estaba siendo
defendida por Syrus y Enoch. Los orkos los perseguían, pero los savaranos,
alentados por la dureza de su teniente primero o por la sobrehumana fuerza del
visioingeniero jefe no desfallecían. Podían lograrlo, saldrían de allí y
capturarían una nave más con la que salvar la falta del mayor.
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Orko. |
Llegaron
al acoplamiento por el que habían entrado en aquel infernal lugar, los pielesverdes
habían intentado abordar su nave. El boquete causado por las bombas de
fusión estaba anegado de cadáveres. No todos eran alienígenas. Aunque apenas
eran reconocibles, varios eran de la tripulación, armados con arpones
hidráulicos y rifles automáticos, habían logrado repeler a duras penas a los
bestiales xenos. Zoroaster saludó a los asustados tripulantes cuando sus
hombres entraron.
El
sargento Vardad junto a dos pelotones cubrió la retirada hasta la llegada de
Syrus. Una vez entraron lanzaron varias bombas de termita con la que convertir
el pasillo en un torrente de metal fundido que abrasaría a sus perseguidores.
Zoroaster
volvió cojeando hacia la cabina de mando de la nave. Desde allí pudo ver el
espectáculo por el que se había jugado la vida. Con un mudo crujido que le
dolió hasta a él, la nave orka de la que acababan de separarse se incrustó aún
más en el destructor, sus motores se calentaron hasta ponerse al blanco vivo,
lo que generó varias explosiones internas que por poco no destrozaron su
maltrecha estructura. Tras unos instantes de inmovilidad, ambas naves de
movieron lentamente en dirección a la Lanza de Hierro y el acorazado. En ese
momento los psíquicos de a bordo enviaron un mensaje a la barcaza del
Mechanicus informando de sus intenciones. Al estar a una distancia
relativamente segura, varias lanzas de la nave marciana abrieron fuego
desintegrando a los acelerados pielverdes.
El
destructor se quedó flotando junto a las naves imperiales. Varias cápsulas de
abordaje con robots de la Lego Cibernética
se incrustaron en su blindaje lateral. Después de tanto, Zoroaster cayó
sentado en el primer asiento libre que vio. Sintió cómo su pequeña nave se
acercaba a la Lanza de Hierro. Se permitió sonreír cuando notó a alguien
acercándose por el pasillo. Era Critio, llevaba dos latas de refresco.
Perímetro defensivo norte. Ciudad-colmena
Alkia. Planeta Sagkeion. Sistema
Sagkeion Lamba.
Volog
acabó de tres certeros disparos con los dos últimos monstruos que se habían
acercado a la porción de trinchera que defendía con sus hombres. Casi era un
tiro al ave, con el primer disparo atravesó el cuello del feo mutante que dejó
de chillar como un niño pequeño cuando empezó a ahogarse con su propia sangre. Las
otras dos ráfagas impactaron el pecho del hereje que corría detrás del anterior,
abriendo fuego con dos subfusiles compactos extremadamente ruidosos. El ataque
de las tropas caóticas había sido, como poco, decepcionante. No eran nada más
que una turba de infantería ligera mal armada y peor entrenada. Apenas habían
asaltado realmente una o dos posiciones a lo largo del frente que los savaranos
acababan de ocupar.
No
muy lejos de él, habían aterrizado los robots de combate que los habían
acompañado cuando llegaron a aquel planeta.
Ni siquiera se acordaba de verlos
embarcar en los bombarderos, no se imaginaba cómo Seleuco había logrado
llevárselos allí. Supuso que los había
solicitado como plataformas de apoyo pesado. Los potentes cañones láser y los
morteros con los que habían sido equipados confirmaron sus sospechas. Rebasaron
la trinchera con su característico bamboleo y se dispusieron a abrir fuego de
cobertura. Justo antes de que sus jorobados maestros les ordenaran disparar, la
voz del comisario recorrió toda la línea.
- No
os confiéis de lo que acabáis de ver, la resistencia que hay delante es muy
superior a esta basura traidora.- A lo lejos todos pudieron ver como el
comisario salía de su trinchera y dejaba caer la punta de su espada hacia
delante.- ¡Aplastadlos! ¡Por el Emperador!
El
peso de su armadura le dificultó de forma muy molesta sobrepasar las protecciones
de sacos, junto al resto de soldados corrió hacia las posiciones enemigas con su
rifle en las manos. No tardó en agradecer el peso extra de las placas de
ceramita que recubrían sus protecciones. Casi a mitad de camino comenzaron a
llegar los disparos desde las fortificaciones contrarias.
Como
si de uno solo se tratara, aparecieron sus verdaderos contrincantes, antes de que el correspondiente aviso les llegase, las siete compañías los vieron con sus
propios ojos. Mechakirs.
Los
hombres comenzaron a caer como moscas, el avance del ataque, hasta entonces
rápido y limpio se convirtió en un agónico camino en el que cualquier
desperfecto del terreno daba la cobertura suficiente con la que evitar una muerte
segura. La aberrante infantería de los marines traidores logró abatir uno de
los robots de Mechanicus con un acertado cohete.
La
situación se recrudecía por momentos. Volog se mantenía con la cabeza agachada
en un cráter recién creado por un obús que había levantado una enorme lengua de
tierra. Las balas silbaban a su alrededor, apretó los dientes, varios hombres aparecieron
a su lado de un salto y se pusieron a disparar desde el borde de su improvisada
protección para cubrir el avance de los que iban detrás suyo. Pequeñas cárcavas
llenaban lentamente de agua sucia el fondo del agujero en el que se
resguardaban.
Rápidamente
montó su Mk Sariss, introdujo la munición y accionó el cerrojo para colocar la
bala en la recámara. No podía escuchar otra cosa que no fueran explosiones o
disparos, pero en su mente se reprodujo exactamente el sonido de la maniobra
que acababa de hacer. Al igual que sus hombres, lo había hecho tantas veces que
ya era algo inseparable de su mente.
Se
puso en el hueco de un savarano que murió de un tiro en la cara. El primer
disparo erró por poco la testa del autómata caótico que tenía en su punto de
mira. El monstruoso ser ni se inmutó, tan solo identificó el origen del
proyectil y se dispuso a abrir fuego hacia ellos, Volog no le dio tiempo, con
la siguiente bala le arrancó la cabeza. Para su consternación, su hueco no
tardó en ser ocupado por otro ser mecánico.
Siguió
disparando. Aquello no podía seguir así, avanzaban poco a poco, las
comunicaciones informaron de que varias compañías de ya habían comenzado a
asaltar las trincheras enemigas. La vergüenza le invadió, él era el mayor de la
segunda división, no podía ser el último en llegar hasta el enemigo. Caló la
bayoneta de su fusil de cerrojo. Avisó con su comunicador de que se disponía a
lanzar un asalto directo, solo los capitanes Shamast y Puzur contestaron, iban
a seguirle, estaban en sus mismas condiciones.
Dio
la orden a voz viva, los robots que quedaban esparcieron granadas de humo por
todo el frente. Salió de su escondrijo, sus hombres le imitaron abriendo fuego
desde la cadera, un disparo pasó muy cerca de su cintura, otro rebotó en su
muslo izquierdo abollando varias placas de ceramita. Corrió, corrió como nunca
lo había hecho.
Las
docenas de metros que le faltaban para llegar a las trincheras enemigas se le
hicieron eternos. El cruce fe fuego se hizo mucho más intenso según los
guardias imperiales se acercaban más a los mechakirs. Otra bala se incrustó en
las protecciones de su hombro derecho, una punzada de dolor le recorrió todo el
brazo, casi suelta el fusil. Podía ver los ojos muertos de los monstruos que le
esperaban. Junto a sus hombres, con un grito saltó hacia el combate.
Decapitó
a un enemigo que intentaba recolocar una ametralladora pesada empujando con sus
frías manos las ruedas de su cureña metálica. Abatió a otro de un
tiro antes de que le disparase con su metralleta. Los mechakirs no reaccionaron
de la forma errática y lenta como lo hubiesen hecho otros constructos
similares, estos eran obra de auténticos genios de la mecánica. Rápidamente,
todos calaron bayonetas con la misma mímica.
En
unos instantes el cuerpo a cuerpo se tornó brutal, el mayor y sus savaranos
pasaron de liderar un asalto rabioso a luchar por sus vidas. Sus enemigos no
sentían dolor ni duda, actuaban con una eficacia propia de soldados que
llevaban el más duro de los entrenamientos. Lo peor de todo, lo hacían en
silencio, no articulaban ni una palabra, sus bocas, escondidas tras las
máscaras planas solo dejaban ver una marca, la sonriente calavera de los
Guerreros de Hierro.
Hombres y máquinas se destrozaban los unos a los otros a golpe de cuchillo
o en terribles tiroteos a quemarropa. El mejor armamento de los savaranos era
contrarrestado con el mayor número de los mechakirs. Por muchos que matasen no
paraban de llegar. Volog podía ver no muy lejos de ellos los emplazamientos de
artillería que aquellas monstruosidades habían traído con ellas. Rezó al
Emperador para que ninguno de sus siniestros amos estuviera allí.
Un
potente culatazo lo derribó, sintió cómo se le rompían dos costillas, el
mechakir que le había golpeado levantó su arma por encima de la cabeza, se
disponía a aplastarle a base de golpes. Otros dos se acercaron imitando el
patrón de su compañero. El mayor levantó su brazo en un torpe intento de frenar
la tormenta de golpes que se avecinaba. No llegó a darse, en el último momento
una ráfaga de láser destrozó a sus tres atacantes. Era la sargento Zuleika.
Rápidamente se puso a disparar a otros engendros que se les acercaban bayoneta
por delante.
Volog
sabía que aquello era algo temporal, si seguían así iban a ser aplastados por
la marea de abominaciones mecánicas que se les echaban encima. Bajo la
cobertura de la sargento, el voluminoso Korst le ayudó a ponerse en pié. No
tardó en apartarse de él, con una poderosa patada empotró a un enemigo contra
la pared de la trinchera, no le dejó moverse, aplastó su cráneo con su fusil
usándolo como su fuese un bate. Junto a ellos, el soldado Amay no tuvo tanta
suerte, fue destripado por los oscuros cuchillos de las armas mechakirs. Comenzaron
a desbordar sus posiciones. El suelo empezó a embarrarse con la sangre podrida
de aquellos monstruos.
Unas
fuertes zarpas mecánicas sujetaron a Volog, de nuevo sus enemigos trataban de
reducirle para matarle, pudo ver a Zuleika forcejear con dos de aquellos
monstruos a la vez, a Korst destrozando a uno de ellos con sus propias manos.
Los habían superado, la misma situación se reproducía por todo el frente. Una
oleada de odio se extendió por todo su cuerpo, antes de ser ejecutado a
bayonetazos derribó a otro mechakir de un fuerte cabezazo en el pecho. Ya no
era capaz de hacer más.
Un
haz de luz impactó varias veces cerca de él, pudo sentir el calor que emanaba
incluso a través de su armadura. Tuvo que cerrar los ojos. Cuando los abrió,
algo había limpiado su sección, los mechakirs que los rodeaban habían sido
eliminados con potentes rayos láser. Humeantes agujeros habían aparecido en sus
torsos de la nada. Se volteó de forma dolorida para confirmar sus sospechas,
solo los pilotos del Mechanicus tenían esa puntería.
Aunque
la boca le sabía a hierro no pudo evitar tragar saliva. Toda una legión de
valquirias recorría el frente destrozando a las fuerzas del caos, llevaban
pintado el escudo de Catafractaria en el morro. Las hurras de sus hombres
empezaron a resonar por todo el lugar. Una paró a su lado, varias secciones de
savaranos desembarcaron y se pusieron a combatir ipso facto. Reconoció a la
figura que las dirigía al instante. Era Khur. Le tendió una mano y le dio un
fuerte apretón.
-
Bien hecho Mayor. –Mientras decía esto abría fuego con su pistola bólter.- Han
dado el tiempo necesario a nuestros aliados para comenzar una contraofensiva.
Acabemos de limpiar esto y volvamos a la Lanza de Hierro.
-
Correcto. -Se apartó un momento para escupir sobre el cadáver de un
hereje.- ¿Y la primera división?
- Ya
veremos… Están en las manos de Enoch.
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